sábado, 11 de julio de 2015

DURO, TALENTO, LAMER, NAFTALINA




Podía oír las voces al otro lado del pasillo. Un reclamo extasiado que ganaba fuerza con cada segundo que pasaba, una pasión desenfrenada que pronto era dominada por la impaciencia. Pero no iba a salir todavía, no iba a brindarles lo que tanto anhelaban sin conseguir arrancarles unos momentos más de suplicio, unos vítores que hiciesen honor a todos aquellos que nos habíamos dejado la piel para ofrecerles una vida mejor: sin leyes y regida por la imaginación. 
Abrí la puerta que conducía al pequeño cuarto -que a lo largo de todos aquellos años me había parecido castillo- y donde, incluso allí, rey de todo lo que en él se encontraba, era capaz de construir los cimientos de mi propio destino. Una expectativa ilusa, un amargo reproche por lo que apenas había conseguido. Porque sin duda había sido un sueño, en el que olvidaba quién era en el mundo y encarnaba el papel de otra gente, otros seres más afortunados que aquel que jugaba a imitarlos. Me dejé caer en el único sillón que había –el que tantas veces me había hecho sentir un paso más cerca de la gloria, cuando ahora no quedaba de ella más que el tacto duro que conmemoraba el esfuerzo sin sentido. Miré a mi igual en aquel espejo enmarcado en luces, lamí la yema de los dedos y me peiné delicadamente el pelo. Luego me vestí con el traje ancho, pasé la bufanda de colores chillones alrededor de mi cuello y me puse el sombrero levemente inclinado. Caminé lentamente hacia la puerta -oyendo todavía el público aclamando- y me detuve frente a ella. Aspiré tres veces, sintiendo el fuerte olor de naftalina que emanaba de la ropa vieja de la farándula. Entonces sonreí a la nada, dispuesto a demostrar mi talento, dispuesto a hacerles revivir mi última historia.



Éste es un ejercicio en el que se tiene que inventar una historia muy corta en donde aparezcan una serie de palabras escogidas de antemano y sin ninguna relación entre ellas (duro, talento, lamer y naftalina)