Como el canto celeste de la noche, como
la cálida caricia del árido sol de la mañana. El despertar de mis sentidos, el
adormecer de mis principios. La fría muerte llamando a mi puerta, la lejana
trompeta anunciando otra alma perdida en el infinito campo de batalla. Más
tarde, todo fue silencio: un silencio oscuro que entornaba mis ojos. La paz que
se cernía al fin a mis brazos, el alivio de un hombre ya agotado, deleitoso por
poder reunirse consigo mismo al otro lado.
